Archivo | marzo, 2014

Los eslabones de la Vida

26 Mar
Por un tiempo, corto pero largo, -largo pero corto-, 17 estudiantes y egresados  de la Escuela de Artes Plásticas, me acompañaron en mi cotidianidad Sanjuanera, pisaron al unísono mi dolor, y dijeron presente;  su presencia fue un bálsamo que ayudó a acelerar el proceso de dolor del duelo de mi hermano y, poco a poco, el apretón del pecho, la angustia, y los temores, han ido transformándose (una vez más)  en proyectos nuevos y alegría de vivir.

Estos estudiantes y egresados, solidarios en el dolor, prestos a compartir alegrías e historias (algunas suculentas, todas interesantes), compartieron también sus vivencias y sus pensares en varios asuntos de la vida; como prescribe Cicerón: compartimos el pan, alrededor de algunas mesas, saboreamos la compañía mutua y, sobre todo, pusimos en práctica, -echamos a correr-  el circuito del dar y recibir: ambos recibimos y ambos nos dimos.

Estos son los acompañantes, seres humanos solidarios, estudiantes de Arte siempre, y buena compañía: Zuania, Elizabeth, Rosenda, Perla, Aixa, Charlotte, Rubén, Rachel, Isauny, Yari, Mariela, Solimar, Leila, Daniela, Gaby Esquivel, Mabel, y Mitzaida, quien aunque no es estudiante del bachillerto de la EAP, sí tomó cursos en la institución. A estos 17 se unen estos otros dos: Roberto y Sigrid Enid con quienes compartí un día hermoso, mesa y conversación.

A ellos vaya mi gratitud por siempre.
Un abrazo forte forte.
Julieta Victoria
Faltan las fotos de: Isauny, Leila, Mariela y Solimar.
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Desde dentro y desde fuera – Una mirada interdisciplinaria al sistema de salud mental de Puerto Rico: Literatura, Periodismo y Psicología

25 Mar

SERRUCHO INTELECTUAL
Es bienvenida cualquier persona interesada en colaborar en este proyecto en términos de financiamiento o de asistentes de investigación. Me pueden enviar mensajes en Facebook, o llamar al (939)-579-1021, o comunicarse al correo-e: julieta@post.harvard.edu.

TITULO DEL LIBRO
“Desde dentro y desde fuera – Una mirada interdisciplinaria al sistema de salud mental de Puerto Rico: Literatura, Periodismo y Psicología.”

GESTORA Y AUTORA
Julieta Victoria Muñoz Alvarado
M.A.- Psicología Clínica
Harvard M.A. y Ph. D. – Literatura
Práctica periodística: Claridad, El Reportero y El Nuevo día (6 entrevistas)

ALGUNOS APUNTES
¿Qué es lo que anda mal en los hospitales de Psiquiatría de Puerto Rico? ¿Qué es lo que anda mal en todas las esferas que lidian con los “enfermos mentales”? Esbozar estas respuestas en las páginas de este libro es el propósito de este proyecto que vio la luz luego de muchos años de sopesar lo que pasa, lo que ocurre, lo que se hace,  con el ciudadano al cual se le restan sus derechos y se convierte en un “enfermo mental”, se interna, o se “trata” a nivel ambulatorio.  

En la década del ’70 comencé mis estudios de Psicología Clínica en la Facultad para las Ciencias Sociales Aplicadas (FCSA) de Cayey,  dirigida por el psicólogo social y judío estadounidense, Norman Matlin.

Soy periodista, soy profesora de Literatura, soy escritora de dos libros, ambos de Memorias, tengo estudios graduados en Psicología Clínica (MA y cursos doctorales), e hice mi práctica clínica en dos instituciones psiquiátricas de Puerto Rico: Centro de Salud Mental de Caguas, y en   Psiquiatría Forense; además, trabajé como Psicóloga en un proyecto experimental en la cárcel Oso Blanco, proyecto adscrito a Salud Mental, en Rehabilitación Vocacional,   fui directora de la Clínica de Diagnóstico y Tratamiento de la Administración de Tribunales, primer trabajo que tuve como psicóloga luego de graduarme de mi Maestría en Psicología Clínica.

Fundé, junto a un socio, el Centro de Psicología Creativa, oficina de prestación de servicios de terapia y evaluaciones psicométricas. Además de mi experiencia de práctica clínica y de trabajo asalariado en el sistema de Salud Mental, estuve “confinada” en el Hospital Psiquiátrico de Puerto Rico (público) y en el Hospital Panamericano (privado).

Mi triple acercamiento a este proyecto que he titulado: Desde dentro y desde fuera – Una mirada interdisciplinaria al sistema de salud mental en Puerto Rico: Literatura, Periodismo  y Psicología, es el resultado de muchos años de cavilación y reflexión profunda de la situación de salud mental en Puerto Rico: desde las aulas como estudiante de Psicología Clínica en dos instituciones de estudios superiores: el Centro Caribeño de Estudios Postgraduados (antecedente de la Universidad Carlos Albizu –UCA-) y la Facultad para las Ciencias Sociales Aplicadas (FCSA) de Cayey (escisión del Instituto Psicológico, antecedente, a su vez,  del Centro Caribeño de Estudios Postgraduados); desde las filas de empleada del sistema de salud mental; desde una universidad en la cual enseñe cursos relacionados al bienestar individual; desde una universidad en la cual laboré en un Programa de Salud Mental;  desde un consultorio privado; desde mi labor como periodista cuando cubría noticias relacionadas, y desde la posición de “confinada” en dos instituciones “mentales” en Puerto Rico: una pública y una privada.
 
El trabajo literario  que antecede a este proyecto: mis dos libros ya publicados: Tarareando en clave el son de los 70- Memorias, y Aire en tres tiempos que se engarzan – Memorias II, sirven de embocadura a este tercer libro, pues en ellos, sobre todo en el segundo, hago claro mi proceso de transformación personal /espiritual que trasciende,  rebasa y se extiende fuera de las paredes de un hospital.

Entiendo que solamente luego de terminar estas fases de transformación personal, – producto de un trabajo intenso de mirarme a mí misma (dentro y fuera) y de transformar el “constructo inservible” con el cual me armé para vivir en el mundo por muchos años-, es que me siento con la voz capacitada para escribir este proyecto de acercarme al sistema de salud mental Image

 

 

En 80 grados el texto íntegro que la reconocida intelectual Luce López Baralt leyó en la presentación de la edición impresa del libro Aire en tres tiempos que se engarzan – Memorias II de Julieta V. Muñoz.

14 Mar

http://www.80grados.net/el-aire-se-serena-y-viste-de-hermosura/

Un Seminario que brota de la praxis del trabajo interno – Dra. Julieta V. Muñoz

10 Mar

ImageEl Seminario de Transformación Personal pautado para ofrecerse el lunes 17 y el martes 18 de marzo de 8:00 a.m. a 12:00 m. en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y del Caribe (CEAPRC) se fundamenta en el trabajo interno de la facilitadora, Dra. Julieta Victoria Muñoz, trabajo  recogido en sus dos libros: Tarareando en clave el son de los 70- Memorias y Aire en tres tiempos que se engarzan – Memorias II. El camino del trabajo interno comienza en el año 1991 mientras la Dra. Muñoz estudiaba en Harvard.

“Este es un Seminario que configuro como resultado de mi propio proceso de trabajo interno  luego de haber vivido estos siete cimientos de transformación personal y haber examinado los pasos de este proceso de trabajo conmigo misma”, señala la autora de los dos libros y facilitadora del Seminario, y agrega que “no es sacado de libros para ‘aplicarlos’ sino que surgen del propio trabajo realizado en el proceso de  transformación.”, apunta la Dra. Julieta V. Muñoz.

Así pues, la auto corrección, la reflexión, la solidaridad, la generosidad, la dación, el perdón y la amistad  son siete (7) breves módulos que trabajaremos en el seminario y veremos su interrelación en todo proceso de transformación personal, todo ello guiado por uno de ellos: la autocorrección, que no es otra cosa que primero examinar la propia vida (más que la de los otros) y luego delinear la corrección, (la rectificación, la enmienda), los ajustes que haga falta hacer en nuestro pensamiento, sentir y acción.  Ese pensamiento, ese sentir, y ese hacer, se guiarán a su vez por: la solidaridad, la generosidad, la amistad y la dación y, trato aparte, por el perdón, pivote clave en todo proceso de transformación personal.

Esta será la ruta de trabajo en las ocho horas del seminario, horas a las cuales se les añaden las horas de ejercicios asignados que trabajará el participante “en la soledad del bosque” y que el martes 18 compartiremos con el grupo.

Para separar su espacio: (939)579-1021 y/o julieta@post.harvard.edu, o por este medio de Facebook. El costo es: $250 por participante.

Texto de Luce López Baralt al presentar el libro Aire en tres tiempos que se engarzan – Memorias II – Viernes 7 de marzo de 2014

8 Mar

 

El aire se serena y viste de hermosura:

El Aire en tres tiempos que se engarzan

de Julieta Victoria Muñoz

 

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada

            (Fray Luis de León)

 

 

            El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada… Elijo los versos de la “Oda a Salinas” de Fray Luis de León para dar la bienvenida al segundo volumen de las memorias de Julieta Victoria Muñoz Alvarado, El aire en tres tiempos que se engarzan por dos razones. Primero, porque tanto la voz aire como la música –con todas sus riquísimas connotaciones simbólicas–ayudan a hilar la urdimbre del texto, justamente como sucede en la oda que el fraile agustino dedica al célebre músico Francisco Salinas. Fray Luis siente que las melodías del maestro salmantino lo catapultan a “la más alta esfera” del empíreo, que no son sino las honduras de su psique armoniosamente unificada con la “música concorde” del cielo. Bien sabe Julieta Victoria que los símbolos del aire y la música extremada están íntimamente entrelazados, pues ambos nos convocan a lo sagrado; a la Verdad última. El aire o aliento remite a la alta experiencia de Dios en las persuasiones religiosas más diversas. Ahí está el pneuma de los griegos, el Logos o Verbo bíblico (el aliento del Dios creador), la prana de los hindúes, el ruah de los hebreos, el ruh de los musulmanes, y aun la brisa–el aura o L’aura–con cuyo nombre Petrarca cantó a la donna angelicata que elevó su alma a la intuición del trasmundo. Aria, de otra parte, significa “aire” en italiano, y el dato no es casual, pues nos lleva a las delicadas arias de las óperas La flauta mágica de Mozart y la Norma de Vincenzo Bellini que sirven a su vez de sostén musical al libro de memorias. Las arias musicales se engarzan pues con el aura o aire sagrado de la experiencia espiritual más alta, que, importa destacarlo, para Julieta Victoria implica la armonización de su psique profunda. Cuando la autora da al mundo la buena noticia de su victoria sobre sí misma, su reflexión se le torna, literalmente, “aérea”,  y la cito: la “brisa y las corrientes que aquí circulan tenían que aflorar […] en grafías, en perfiles, en palabras: alguien, quizá, pueda obtener el provecho de [estas] rutas […] que aquí se timbran” (p. 2). Desde ahora doy fe de la hermosura y de la luz no usada–de ese aire/aria/aura— que se engarza musicalmente en tres tiempos vitales y que–lo sé bien– habrá de servir de consuelo a muchos lectores.

            El nuevo volumen autobiográfico de Julieta Victoria constituye la secuela de Tarareando en clave al son de los setenta, publicado en 2011. Ahora la autora, que se ficcionaliza una vez más como protagonista de las memorias, reseña sus vivencias ocurridas entre las décadas de los 80, 90 y principios del presente milenio. Lo hace, como vemos, en Tres tiempos, y no se le escaparía el simbólico número trinitario, tan caro a Dante, que estructuró su autobiografía escatológica, la Divina Comedia, en tres tiempos. Tres tiempos o unidades poéticas que enlaza suavemente, por más, en tercetos encadenados. También en la Vita nuova del florentino, cuyo título dialoga solapadamente con el espíritu de la autobiografía que hoy celebramos–el tres y sus múltiplos son esenciales. Beatriz, meta del camino del protagonista dantesco, se asocia al tres, pero potenciado tres veces, por lo que culmina en el número nueve. Por eso es recordada como “IX”–es decir, el número nueve transcrito en números romanos. Las señas están dadas: la contextualidad de Dante nos deja saber que estamos hollando terreno sagrado cuando peregrinamos de la mano de nuestra autora en “tres tiempos” vitales simbólicamente cifrados.

             El lector, “amable”–como siempre lo exige Julieta Victoria rememorando a Cervantes–advierte enseguida que en estas sus segundas memorias la autora bucea con mucha más osadía en los lastimados abismos de su psique interior. Testimoniamos con ella las caídas estrepitosas de los Cristos del alma, que diría César Vallejo. El desvalimiento de un colapso nervioso y físico–habrán sido más de uno–asombra al mismísimo taxista que la hubo de socorrer en Cambridge: “Mi cuerpo, un día y en una clase de Historia de la Lengua, me dijo: ¡basta!. No entendí, sudé, desfallecí dedshidratada, […] atónita ante la gravedad del asunto que me tocaba tan de cerca: en mi propio cuerpo. Recuerdo que el taxista que me llevó de Harvard Square a mi apartamiento en Harvard Street tampoco podía asimilar lo que veía: lo que parecía: un cadáver que se movía, lento muy lento, pero se movía; […] de mi cuerpo emanaba, en la acera, una sombra: vivía, pues” (p. 9). Estos colapsos catapultan a la protagonista, lastimada de cuerpo y alma, a errar por las calles, los aeropuertos, los refugios, los templos, los trenes y los hospitales de Manhattan, Cambridge, Maiquetía, California y San Juan, hasta que finalmente, contra todo lo esperado, llega a buen puerto.

            Hasta donde tengo noticia, es la primera vez en nuestras letras que una deambulante–literalmente, una homeless– ofrece el testimonio de su vida tronchada. Julieta Victoria, la protagonista ficcionalizada del texto, desciende a los infiernos, sí, pero también logra subir a los metafóricos cielos de su victoriosa paz interior. Las memorias nos permiten experimentar vicariamente lo que Carl Jung denomina como un proceso de individuación logrado. Eso es lo que Freud celebra como la unificación armonizada de la psique. y lo que, mutatis mutandis, la religión denomina como el estado de gracia. Sin ceder nunca a la auto-compasión, Julieta Victoria ha optado por ser no víctima, sino protagonista de su historia, y une su voz a la del jubiloso poeta Jorge Guillén, quien, interrogado sobre su actitud ante la existencia, exclama lapidariamente: “Ante la vida tengo una sola respuesta: ¡SÍ!”. El volumen autobiográfico que hoy presentamos constituye el rotundo ¡SÍ! que Julieta Victoria da a la vida.

            La escritura, lo sabemos, descubre y desata los procesos psíquicos profundos. Ese proceso de liberación emocional a través de la palabra escrita comenzó para la autora hace años, cuando culminó la puntillosa redacción de su tesis doctoral para la Universidad de Harvard en torno a la amicitia o amistad en la novela pastoril de Cervantes. Liberada en más de un sentido, esta escritura impulsó a Julieta Victoria a escribir su primer libro de memorias–Tarareando en clave... Aquella apuesta artística pionera, tan exitosa, desemboca ahora en este segundo momento reflexivo. Es una suerte para los lectores que la ensayista se haya animado a darle, como Cervantes al Quijote, una segunda parte a su primera confesión vital y artística.

            En aquel primer volumen de memorias la narradora advertía acerca de la verdadera tesitura de su canto: tarareaba, no entonaba a viva voz. Por más, tarareaba en clave: en código, à clef. Acaso sin proponérselo, ya con su primer canto, atemperado por oportunos silencios, Julieta Victoria comienza a renovar el antiguo género de las memorias. El lector avisado en la lectura de testimonios vitales suele quemar las páginas buscando las confesiones morbosas y el suculento dato desconocido. Pero Julieta Victoria no satisfará nunca la curiosidad factual de su lector en ninguno de sus volúmenes autobiográficos. La ambigüedad literaria, cuidadosamente buscada ya a partir de este primer tarareo en clave, colocan al destinatario del texto frente a un abismo impenetrable de emociones solapadas. Y precisamente situados al pie de este abismo es que podemos intuir la magnitud del dolor que se insinúa detrás de las vivencias que la autora encubre protectoramente tras la música. La música es siempre su antifaz narrativo, pero también es el puente que tiende al lector.

Nietzche se refirió a estos tradicionales ocultamientos del yo con palabras incisivas: “Todo lo que es profundo ama el disfraz. Todo espíritu profundo tiene necesidad de una máscara”[1]. Las canciones que puntean el primer texto de Julieta Victoria nos retrotraían a la década de los ’70—en Puerto Rico, por cierto, los candentes ’70 fueron nuestros ‘60—pero también constituyen el deítico que señala hacia vivencias muchísimo más profundas que se han visto necesitadas de protección y de amparo. Julieta Victoria conserva siempre su máscara nietzcheana, delicada y grácil como las del carnaval veneciano. Pero ahora en este segundo volumen la clave musical se torna más compleja, ya que la autora permite que las arias operáticas de Mozart y de Bellini esclarezcan y aun potencien simbólicamente su lucha interior entre la luz y las tinieblas. Estas arias constituyen no sólo la madeleine proustiana que detona su memoria, sino su clave literaria más importante. Sobresale en este sentido la Flauta mágica, con su fecundo entrecruce entre el cuento de hadas y la simbología masónica. La obra, que Mozart, masón iniciado, compone poco antes de morir, escenifica la lucha tenaz entre la oscuridad y la luz, símbolo recurrente de las enseñanzas masónicas, por cierto muy amenazadas durante el Imperio Austro-húngaro. En la obra, la música de la flauta mágica ejerce un poder incantatorio que modifica el estado de ánimo de quien la escucha, redime la melancolía y hace feliz a los hombres. Al final de la ópera, y al son de notas victoriosas, la Reina de la Noche es vencida mientras se instaura el reino de la Luz y de la Verdad. Otro tanto habrá de suceder en estas memorias: la simbólica Reina de la noche, de la errancia y de la angustia–es decir, nuestra protagonista– quedará esclarecida y su angustia consolada.

La Casta diva de la ópera Norma de Bellini, aria cumbre del bel canto romántico que la narradora cita una y otra vez, insiste en este triunfo espiritual. Norma ruega a la casta diva–la plateada Luna–que ilumine la Noche: “Casta diva, que inargenti / queste sacre antiche piante, / a noi volgi il bel semblante/ […] sparge in terra quelle pace / que regnar tu fai nel ciel”. Las pistas están dadas: una vez más, nuestra protagonista, en el proceso catártico de narrar sus desventuras errantes, quedará simbólicamente aureolada por la benigna luminosidad plateada de la luna, que irradia paz sobre la tierra y dispersa las tinieblas nocturnas.

El aria coral melancólica del destierro del Va pensiero (“Ve, pensamiento”) de la ópera Nabucco de Giuseppe Verdi adquiere, de otra parte, un sentido de triunfo en las páginas de Julieta Victoria, pues al final la protagonista logra aspirar al fin “l’aura dolci del suolo natal” (p. 19). Este “aire dulce del suelo natal”–de nuevo, el aire– implica no sólo un regreso a los orígenes patrios, sino el retorno al centro luminoso del alma. La protagonista registra el doble sentido de ese retorno a “la propia patria Puerto Rico y el asomo a la nueva patria interna” (p. 8). Ha logrado esta consoladora doble repatriación porque se tomó el trabajo de “desbaratar lo inservible” (p. 8) que llevaba dentro. Lo decía bien Alfred Lord Tennyson celebrando la introspección: “the lesson is one of central safety: the Kingdon is within”.

No es de extrañar que la música termine por teñir la delicada prosa de las memorias, siempre proclive a la suavidad y a la dulcificación eufemística. Van unos breves ejemplos al azar: la frase melódica “el soma asomó al alma” es digna de las aliteraciones de los clásicos del Siglo de Oro mientras que, en otro pasaje, la cadencia armoniosa y la afirmación enfática logran un hermoso contrapunto musical: “Este Aire… es un suave trabar: reúno, enlazo y ato (y con el hiato también separo vocales y disuelvo sinalefas) y como protagonista de mi propia historia: escribo. Sujeto lo efímero y me planto en la página: hinco el lance” (p. 5). Los golpes rítmicos finales se hacen eco de la voluntad poderosa de la protagonista, que ha decidido tomar su vida en sus manos y grabarla para siempre en la página en blanco con el lance o harpón de su vigorosa pluma. La música ritmada nos sirve pues de puente para entrar más adentro en la espesura de su mundo psíquico.

En su primer volumen tarareado la autora, que reflexiona sobre los espacios de su primera juventud, nos había permitido recorrer las calles de París en busca del tiempo proustiano perdido de la mano de Esteban Tollinchi; nos llevó a bailar la tarantella (admito con nostalgia que también yo la bailaba con Esteban); nos introdujo al juicio siniestro de cuatro jóvenes puertorriqueños en la hermana Antilla dominicana; nos hizo saber que el merengue apambichao tiene su origen etimológico en Palm Beach; nos paseó por los pasillos de Humanidades, por los despachos de Claridad y por las calles adoquinadas del viejo San Juan; nos permitió acceso a un cuarto de hospital donde la protagonista yacía en coma, mirando su cuerpo desde arriba (la clásica traslación astral del moribundo); y nos dió el dato, esta vez no “en clave” sino clave para nuestra historia colectiva, de que Alejandro González Malavé fue el “guardaespaldas” encubierto de José Rafael (Papo) Coss, presidente de la FUPI por aquella década. Datos así valen, por cierto, todo el libro, como apunté cuando me cupo el privilegio de presentarlo en 2011.

Casi todo lo demás queda sugerido, por lo que entrevemos las experiencias medulares de la vida de la autora a través de un cristal, oscuramente. Una aureola de piedad baña las páginas de esta primera apuesta autobiográfica de Julieta Victoria, que tiene aprendido el estilo compasivo, vaporoso, sosegado, melancólico, dulcemente eufemístico, pero siempre lleno de amor de La Galatea de Cervantes, motivo, como dije, de su tesis doctoral. En las dos colecciones de memorias entreveradas de música aun se puede escuchar el resonar de los rabeles y las zampoñas de aquellos antiguos pastores que dulcificaron su dolor precisamente al son del canto.

Julieta Victoria aprendió a tararear melodías con los pastores de ficción cervantinos, sí, pero no para echar cantos al aire de manera despreocupada y lúdica, sino para servirse de ellos –ya lo dije–como instrumento de introspección psíquica. Las melodías la ayudaron a abismarse en su propia alma, buscando, bajo una tupida capa de dolor—un dolor impronunciable de puro intenso–el perdón y la solidaridad humana. La protagonista lo ha perdonado todo porque también se ha sabido perdonar a sí misma. Ahora en estas segundas memorias, que osa cantar a capella, como admite desde el principio (p. 2), es que conocemos mejor los extremos de este inmenso perdón, que comienza con el propio yo, sigue con el prójimo y tiende un puente de luz a su amigo, el “lector amable”. Recordemos que lo que más importaba en el mundo armonioso de la pastoril arcádica era la amistad: la célebre amicitia de Cicerón, que siglos antes Aristóteles celebrara con palabras lapidarias en su Ética a Nicómaco: Un amigo es otro yo.

En el segundo volumen de sus memorias, la autora nos pedirá precisamente al “lector y lectora amables” (p. 6) con los que se amiga que la acompañemos muy de cerca en sus traumáticos desplazamientos vitales: “Entremos tú y yo” (p. 5). Nos convoca pues, como Virgilios fraternos, a la selva selvaggia–selva salvaje–de los abismos interiores de su alma, los mismos que recorrió, con peligro extremo, nel mezzo del camin de su vida. “Arrima tu hombro al mío” (p. 4), suplica con aliento desvalido a sus interlocutores esta experta en la amistad solidaria. En el “Cierre-inicio” de las memorias, cuando reconoce que al fin “ha llegado a su casa”–es decir, a su estabilidad psíquica–reitera, como era de esperar, su gratitud a los “amigos del camino” (p. 55). La autora también dialogará sobre esta unión inextricable del yo y el con Walt Whitman, cuyos versos vehementes suele usar como epígrafe de su autobiografía: “I celebrate myself; / and what I assume you shall assume; /for every atom belonging to me, as good belongs to you” (p. 6).

Pero no todo aquí es apostar a la solidaridad con el prójimo: Julieta Victoria ha reflexionado mucho más a fondo el sentido de su tan celebrada amicitia. Por eso susurra a sus lectores: “saber que están cerca hace que la escritura progrese y germine” (p. 5). La confesión vulnerada no es una simple captatio benevolentiae, es algo mucho más decisivo para la turbulenta peregrinación que reemprende la escritora agarrada de nuestra mano. Otro epígrafe, esta vez del célebre I and Thou de Martin Bubber, nos dan la clave: “I requiere a You to become; becoming I, I say you. All actual life is encounter”. Julieta Victoria logra penetrar en su propio yo gracias justamente a su diálogo con el otro. El “tú” funda la conciencia del “yo” y este diálogo fundante es precisamente lo que detona la escritura.

Todo diálogo es, por más, terapéutico. Hablar con el “otro” permite–ya Freud nos alertó de ello– que podamos descifrar los secretos más recónditos de nuestra mismidad. Cada vez más introspectiva, Julieta Victoria reconoce que precisa de este amigo lector no sólo para sentirse acompañada, sino para revelarse a sí misma. Al conocerse de veras, logra escribir; y, al hacerlo, puede devolver al “otro”–al “lector amable” que la ayudó a “ser”–el regalo aleccionador de su propia alma redimida.

Cumple que echemos a caminar de la mano de nuestra amiga-autora en esta su segunda peregrinación. Advierto que digo “peregrinación” en el sentido estricto de la palabra. Como se sabe, toda peregrinatio simbólica consiste en un camino ad extra–los hitos de la senda que recorre el viandante hacia un templo o lugar sagrado-y un viaje ad intra–el auténtico viaje interior que es la verdadera razón de ser del peregrinar. Julieta Victoria nos hará transitar por ambos senderos, el exterior y el interior. Difícil decir cuál ha sido el más arduo de los dos.

Comencemos por sus periplos errantes por los espacios de su vida adulta. En estos dolorosos caminos ad-extra nuestra deambulante apátrida describe cómo tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, y parecería que sus peripecias patéticas convierten las memorias en una suerte de picaresca contemporánea. Es que Julieta Victoria no duda en hermanarse con las degradaciones íntimas que las antiguas errancias del Lázarillo y del Buscón Pablos implicaron. Contrario, eso sí, a los anti-héroes del género novelesco español, la narradora no se regodea en las tinieblas, y como lirio que asciende victorioso de la ciénaga, accede a su propia luz al final de sus páginas errabundas. No hay duda que está reescribiendo creativamente las coordenadas del género picaresco con una voz literaria muy original.

Importa advertir, de otra parte, que no hay orden ni concierto en la estructura de las memorias noveladas de Julieta Victoria, que abarcan 31 años y que se suceden en un atorbellinado zig zag narrativo. Los capítulos, ajenos  por completo a la cronología lineal, se organizan gracias a sus títulos sugerentes y a los epígrafes oportunos que los ilustran. “El tiempo ocurre como si fuera un continuo” (p. 17), admite la autora. Se trata de un singular acierto artístico, porque la opacidad temporal dota los hechos narrados de una inmediatez asombrosa. La protagonista misma advierte cómo se hunde en los antiguos aconteceres de su vida sin conciencia del paso del tiempo. Cuando describe a los fotógrafos del antiguo rotativo El Reportero vuelve al momento evocado: “revelaban las fotos y satisfechos con su trabajo venían (iba a decir “iban”…casi estoy allí)” (p. 19). En otro pasaje se encuentra relfexionando sobre su propia fragilidad y no duda en interrumpir su propio flujo de conciencia: “Corramos ahora en un taxi por los espacios de la urbe newyorkina” (p. 21). No hay ni que decir que el lector accede a la convocatoria de Julieta Victoria y corre con ella en busca del taxi que lo trasladará a los entrecijos de la errancia ajena. O acaso, ya no tan ajena.

Las memorias se inauguran cuando la protagonista evoca su trabajo en El Reportero, donde es obvio que se comienza a entrenar en la escritura. Recuerda a sus compañeros de faena por nombre y conmueve advertir que tanto aquí como a lo largo del conjunto de memorias la autora sólo menciona los nombres propios cuando tiene algo hermoso que decir de sus dueños; cuando ese no es el caso, silencia misericordiosamente la identidad de la persona aludida. A partir de esta escena la protagonista nos da cuenta de su errancia aturdida, y de cómo echa a “caminar sin rumbo por las calles de mi país, de dormir en hotelitos en Miramar y en Condado, en un cuartel de la policía, en una plaza, en sillas del aeropuerto” (p. 21). No comparte con su “lector amable” las razones de su colapso vital: a buen entendedor, pocas palabras. Todo queda sugerido con sordina: “autodiagnóstico: destemplanza, encabezado por una lista que me reservo pero que el lector puede imaginar, y momento del derrumbre de los últimos espejismos en cuanto a ser madre biológica” (p. 10).

Como el tiempo narrativo da vueltas en redondo, a continuación veremos a la protagonista, ya sin hogar, dirigirse en taxi al aeropuerto newyorkino de La Guardia. En la terminal de American Airlines pregunta– no es la primera vez–si había un boleto de avión separado a su nombre. Se aferra pues a la esperanza de que algún familiar o amigo misericordioso hubiese querido rescatarla. Ante la respuesta siempre en negativa de los funcionarios de la línea aérea, la Julieta Victoria ficcionalizada se arriesga a acogerse a la compasión del taxista anónimo que la recoge en el aeropuerto. A él le confiesa que realmente no tenía adónde ir. El buen samaritano, contra todo lo esperado en la Gran Manzana, opta por proteger a la muchacha perdida: entrega el taxi, que era alquilado, la lleva en tren de cercanías a su casa, le paga un hamburguer y al otro día la devuelve intacta al aeropuerto. “Sintió mi frío y yo el suyo” (p. 24), comenta con delicadeza la narradora, que solo al final nos admite que se trataba de un pakistaní. El dato hace la escena inmediatamente verosímil, pues, como sabemos bien los que hemos transitado por las urbes norteamericanas, las minorías son las que muestran compasión la una con la otra.

Seguimos acompañando la errancia de Julieta Victoria, que esta vez nos lleva a un Hotel Hilton sito entre Boston y Nueva York, donde, convertida en moderno lazarillo, aprovecha para alimentarse precariamente en el barcito que aun tenía los estragos de las noches anteriores: cerezas marchitas y restos de agua de soda sin efervescencia. Catapultada su memoria a momentos mejores vividos en los Hiltons de San Juan y Caracas, la protagonista, sola y desasida de todo bien de fortuna, recurre a la imaginación para salvarse. Admite al lector la “tranquilidad marmórea” con la que descubre cómo “una cereza, bien masticada y engullida con lentitud, produce la ilusión de una proporción más suculenta y sabrosa, y cómo un agua de soda rancia puede ser transmutada, mediante la alquimia del pensamiento, en un agua Perrier con limón” (p. 24-25). Pasa hasta veinte horas sentada en el sofá del hotel, con la sola compañía de un retrato del magnate Conrad Hilton, y aprovecha para ser llevada una y otra vez en limosina, como si estuviera hospeada en el hotel, a la cercana estación de tren donde retoma su errancia de circuitos inútiles. Nadie repara en su vestido gastado de algodón de flores azules ni en sus sandalias del mismo color, compradas en los baratillos de Filene’s. Este es precisamente el atuendo de homeless que la protagonista habrá de vestir a lo largo de todo su peregrinaje, sin abrigo protector (p. 30) que la ampare en el severo invierno estadounidense. Poco a poco habremos de ver cómo se le va desgastando encima su triste hábito de viandante de la soledad, pues capítulos más adelante apunta de paso que las sandalias azules están cada vez más “roidas”(p. 28). Casi al final de la narración nos da noticia de otro vestido de florecitas marrones y amarillas. Con él vestirá su desgracia, vivida en suelo puertorriqueño en esta otra ocasión. Admite al lector que se caía desvanecida luego de comer apresuradamente tras varios días sin engullir alimento.

Tras escapar de una violación segura en las cercanías del edificio del New York Times, nuestra itinerante sobrevive una vez más cosumiendo sobras de pizza y refrescos a mitad en Sbarro y en un Deli atendido por árabes. Solo una vez cedió al robo, pero advierto que la palabra violenta “robo” es mía, ya que no encuentra cabida en la prosa misericordiosa de Julieta Victoria. Así nos da la noticia acongojante: “Solamente una vez tomé alimento sin pedirlo, y fue una barrita de chocolate en Starbucks y enseguida se lo dije a una empleada que me miró con ojos de asombro. Le devolví la mirada a ver qué pasaba y me hizo un gesto con su mano para que me fuera, no sin antes ofrecerme café” (p. 26). La misericordia de las minorías la protege siempre, pues nos dice que en otro pequeño restaurante griego los camareros la atendían “con benevolencia discreta” (p. 27). Y concluye, aferrándose al silver lining que es posible encontrar incluso en las caídas más hondas del alma, que tras estos gestos solidarios “salía lista para la próxima ronda de trechos por las aceras y las calles, a veces, hasta contenta” (p. 27).

La peregrina nos alerta, por más, de su condición apátrida. En sus largas estancias en el aeropuerto La Guardia, donde duerme sentada, evita que los puertorriqueños la reconozcan. Aunque se mueve por distintos terminales, las autoridades terminan por alertarse de lo irregular de su constante presencia. Es obvio también que su perenne trajecito de florecitas azules ayuda a delatar su condición como deambulante. Aunque conserva como documento único su cédula de identidad de Harvard, y pese que se giran a algunas llamadas telefónicas a números que recordaba de memoria, no hay forma que repatrien a la protagonista ni a Venezuela ni a Puerto Rico. Estando las cosas así, recala en un refugio de las Naciones Unidas, donde aprende a dormir “sobre dos o tres sillas una puesta tras la otra” (p. 29). En los refugios, eso sí, accede a la alimentación, a la posibilidad de la higiene y a la ayuda psicológica. Pero también saborea de cerca la violencia: otra deambulante le escupe la cara y otra le lanza té caliente en el rostro. Julieta Victoria comienza a curtirse en el arte de la superviviencia: “Esos dos momentos quedan en mi vida como los momentos que ilustran las bondades de no responder con fiereza y venganza, no solamente por consideraciones éticas, sino por consecuencias prácticas: la que me escupió el rostro y la que me lanzó el té fueron, casi inmediatamente, llevadas por la policía fuera del refugio. Y hacía frío.” (p. 29). En estos espacios del máximo abandono la protagonista experimenta también lo que es mirar a la vida literalmente desde abajo, cuando la policía de New York la patea para levantarla del piso donde descansaba: “yo miraba desde abajo, desde el piso, desde donde a veces es bueno mirar” (p. 16).

Pero la belleza se agazapa en cada esquina, venciendo siempre la sordidez de la errancia desamparada. Viajando hacia Lexington desde Chicago la protagonista ve un parque de pelota iluminado y advierte de súbito que el autobús y la bola siguen la misma trayectoria paralela, como si ambos estuvieran sincronizados. Esto la lleva a evocar la belleza de la ecuación einsteniana: “me vino a la mente aquello de que la velocidad es igual a espacio sobre tiempo: V=E/T” (p. 31). La poesía que irradia la alta matemática ayuda a sobrevivir a la joven, que sabe bien que su mente exquisita no ha sido derrotada. Otra vez, en la estación de trenes de Los Angeles, la consuela un atardecer que le recuerda la dramática belleza de los de Rincón: “atardeceres de chispoteos y chispitos anaranjados con vetas rojas y el azul del cielo rebosante de nubecitas-ovejas; atardeceres con bulla silente” (p. 31). Ampara también a la protagonisra/narradora el recuerdo de las volutas de humo que vio desde otro autobús: y que entendió anunciaban la existencia de un hogar. El que no tenía pero que, aun así, le llenaba el alma de belleza.

Las viñetas narrativas se suceden vertiginosamente, y nos llevan de la mano de la autora a Maiquetía vía Miami; al Capitolio donde trabajó muy joven; a su época de estudiante de psicología y literatura en la UPR y al comienzo de su doctorado en Harvard; a una enternecedora “…pausa…” en la que compartió con amigos especiales y disfrutó del hogar con su tercer esposo. Me importa señalar que Julieta Victoria sólo tiene palabras delicadas para cada uno de sus compañeros de vida.

La narradora continúa su zigzagueo narrativo y nos da noticia puntual del pluriempleo que padecerá andando los años, y, con desgarradora sinceridad, nos describe también  cómo había sido llevada, muchos años antes, a un centro de salud del cual escapó. Pero los tiempos superimpuestos en palimpsesto nos llevan de súbito a la actualidad, donde la vemos celebrar su bien ganada ciudadanía sanjuanera. En la Calle San Justo de San Juan habría de redactar el tramo final de su tesis, una de sus más grandes victorias, por cierto. No falta tampoco en las  memorias la vívida presencia de la familia nuclear borrada por el tiempo: conocemos a los padres de la protagonista; a su hermano y, en especial, a su madrastra, Alesia García Alvarado, a quien la unían lazos emocionales conflictivos. La narradora confiesa que la solía imaginar como la “Reina de la Noche” de la Flauta mágica, pero merced a la magia curativa del ejercicio de la escritura la comienza a comprender –y a perdonar–al fin. “He abrazado otra de las sombras” (p. 53), concluye con un callado dejo de triunfo íntimo.

Este abrazo nocturno nos lleva a considerar ahora el viaje ad-intra de Julieta Victoria, acaso el más impactante y el más valiente de su peregrinación itinerante. Como otrora Don Quijote, que desbroza con su espada “las zarzas y malezas” de la Cueva de Montesinos para lograr acceso a su convulso yo interior, también Julieta Victoria va “buscando, desbrozando los matorrales, baldeando y limpiando, raspando los restos de ese constructo inservible” (p. 21) que había en su ser interno. Es una vez más la escritura la que ayuda a derrumbar esas paredes inútiles, y la que le provee “las rendijas” (p. 4) para atisbar en su mismidad. La entrada al yo interior, como se sabe, nunca es fácil, y la ensayista insiste en lo descomunal del esfuerzo que implica su limpieza interna. No duda en servirse de símiles domésticos que parecerían prestados de Santa Teresa de Jesús cuando habla del arduo proceso de “baldear, restregar y fregar, con […] perdón y […] amor” (p. 48) su propia psique. (Se me perdonará el dato personal, pero me viene a la memoria la monografía que escribió la autora para uno de mis cursos en la Universidad. Versó precisamente sobre Santa Teresa y ahora me conmueve comprobar cuánto provecho sacó de la lectura de Las Moradas.)

Julieta Victoria hace claro que obedecer el mandato del “¡Adentro!” que Unamuno aprende del introspectivo San Agustín (nola foras ire, in te ipsum redii….) es una tarea atemorizante. Allí nos esperan nuestros monstruos interiores, que hay que enfrentar para lograr redimir.  La protagonista no duda en describirnos estas extrañas criaturas que topa cuando bucea en sus profundidades internas: “leones, toros, pájaros, sapos, cacatúas, algún puercoespín, ratas y medusas con cabezas de serpientes sibilantes, entre otros monstruos” (p. 6). Me parecería estar leyendo al persa Naym-ad-din Al-Kubra, que allá por el siglo XIII utilizaba el consagrado método de la recitación de mantras o dhikr hasta que lograba encender una lámpara simbólica en su interior. A su luz descubría, atónito, la convulsa animalia con la que quedaban representados sus miedos, sus iras, sus violencias y todas las oscuridades psíquicas que aun tenía que limpiar. Santa Teresa las llamaba, ya se sabe, “alimañas”, pero en todos los casos se trata de la misma simbología espiritual profunda.

Nuestra protagonista accede a otra técnica útil, también muy tradicional, para conocer más de cerca sus monstruos interiores: la pintura: “pinté, (borroneé) en acuarela monstruos tras monstruos–muchos–todos ellos azules–en varia tonalidad–como el miedo, […] todos ellos sin rostros, grandes y chicos, todos ellos enfrentándose a mí” (p. 10). Curiosa la sinestesia de la autora, que viste su errancia con un traje de florecitas azules y sandalias azules: estaba pues revestida de su miedo. Pero un buen día descubre que sus animalitos internos también son, para colmo de tristeza, externos: “Allí, en ese refugio […] me di cuenta de los animalitos que moraban en mi cuerpo a consecuencia de días y noches largas sin limpieza por las calles de Lexington, Cambridge y Nueva York. Terrible, sí, pero completa el cuadro: la animalia interna y los animalitos en el cuerpo” (p. 30).

Julieta Victoria decide dialogar con su zoología fantástica y coloca las pinturas de sus monstruos sin ojos en las paredes de su apartamiento: sabe bien que si convive con ellos le será más fácil conjurarlos. Lo logra al fin estando en un refugio newyorkino donde participa, agradecida, de un Día de Acción de gracias con sus “compañeros de viaje”–es decir, con los otros deambulantes–. De repente advierte que sus rostros “vinieron a sustituir, maravillosamente, la ausencia de rostros de los lienzos adheridos a la pared, monstruos sin rostros […] comencé de veras a ver los rostros (todos) con cuido y atención y a notar el trasluz del chispeo de vida en ellos, y así pude hacerlo porque lo estaba haciendo conmigo misma…” (p. 13). El monstruo le fue redimible cuando lo metamorfoseó en el amor a los demás. Y cuando, por más, descubrió que el monstruo, c’est moi, por usar la socorrida frase de Flaubert. Cuando Julieta Victoria saludó a su  “monstruo” interno pudo comenzar a perdonarse y a tender puentes a los demás. “En ese refugio, donde dormíamos sentados, con la consabida hinchazón de pies, mi alma comenzó a sentir que estaba curándose” (p. 13).

La amicitia benévola asoma siempre su rostro compasivo en las páginas de nuestra autora: “Sobreviví por la mano y, a veces, por la voz amiga de algunos seres que me vigilaban (seguro que consternados)…” (p. 13). Es con esas voces amigas, con quienes la itinerante habla ocasionalmente por teléfono, que osa dar rienda suelta a sus “lloros desgarradores, casi como si hubieran sido parte del proceso terapéutico de Janov, “Primal Scream”: el dolor reprimido salió a borbotones en gemidos y gritos que aprecían no acabar; sentía el alivio” (p. 41).

Y el alivio termina por instalarse. Julieta Victoria aprende que “en la medida en que me iba amando más a mí misma, me iba perdonando e iba articulando y amarrando el perdón a los otros” (p. 46). De la mano de Hanna Arendt, la protagonista termina por comprender que “mi fragilidad también la tiene mi prójimo, la fragilidad de mi prójimo también la tengo yo, entonces ¿cómo juzgar y culpar?, dos verbos que poco a poco han ido desapareciendo de mi léxico” P. 20). Admite finalmente que su errancia ha sido “la más alta lección de mi vida; fue quizá la que más dolió, pero aquí también dolí al otro; parece que los aprendizajes siempre son más intensos y fructuosos cuando nos tocan la fibra del alma; así pues, esta lección fue superior: lección de lecciones. Y no digo más” (p. 21).

Y es que no hay mucho más que decir. Cuando la protagonista, después de su proceso catártico, se zambulle en su mismidad redimida,  advierte que “el agua está más clara, casi cristalina por tiempos” (p. 40). Sus caminatas errantes de antaño terminan por transmutarse en jubilosos paseos por su Viejo San Juan, que adopta como el espacio y el anclaje de su victoria sobre sí misma. Julieta Victoria Muñoz ha regresado a casa. No solo a “l’aura dolci del suolo natal”, sino al templo inviolable de su alma.

“Tardío mi aprendizaje, ¿verdad?” (p. 14), pregunta la autora, con timidez de niña frágil, a sus lectores amables. Y esta lectora sobrecogida se anima a contestarle: cada aprendizaje toma lo que tiene que tomar, y el tuyo ha implicado una victoria sobre ti misma tan dramática que no me queda sino agradecer la entereza, el valor y el talento artístico con los que nos has permitido atisbar a través de la ventana de cristal de tu vida. Al narrar tu errancia con tanta verdad humana, no sólo reescribes el género de las memorias y pones una amorosa sordina a la literatura picaresca tradicional, sino que ayudas a elevar las energías de tus lectores y de tu patria natal. Espero que su benévola aura dolci siempre sirva de refrigerio a tus paseos sanjuaneros, ahora tan soleados.

 

Luce López-Baralt

Universidad de Puerto Rico

 

 

           

 

 

 

 


[1] Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza Editorial, 2000, p. 69.

Presentación de Aire en tres tiempos que se engarzan – Memorias II- HOY, viernes 7 de marzo

7 Mar

aireHoy, en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y del Caribe (CEAPRC,) Luce López Baralt presenta el segundo libro de Julieta V. Muñoz: Aire en tres tiempos que se engarzan – Memorias II. Hoy , viernes 7 de marzo a las 7:00 p.m.

Habla la Dra. Carmen Centeno Añeses – “…fue en parte una búsqueda y una ruptura…”

5 Mar

El domingo 10 de noviembre de 2013 la Dra. Carmen Centeno Añeses escribió “Memorias del aire y del amor que cura” en la revista digital dominical de El PostAntillano, su lectura de la edición digital de Aire en tres tiempos que se engarzan- Memorias II, segundo libro de Julieta V. Muñoz, cuya edición impresa la presenta la Dra. Luce López Baralt este viernes 7 de marzo a las 7:00 p.m. en el Aula Magna del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y del Caribe (CEAPRC). Aquí el artículo:


http://www.elpostantillano.com/revista-dominical/330-voces-emergentes/7918-carmen-centeno-aneses.html