Archivo | julio, 2015

Una breve reflexión de un artesano / mecánico

20 Jul

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Una breve reflexión de un artesano/mecánico

16 Jul

roberto josé y liam thomas“Es posible que el término <<artesanía>>sugiera un modo de vida que languideció con el advenimiento de la sociedad industrial, pero eso es engañoso. <<Artesanía>> designa un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más.”

El artesano (20)- Richard Sennet

 

“Una documentada y entretenidísima indagación en uno de los deseos humanos más primordiales: hacer las cosas bien.”

Fabricio Caivano – El Periódico

 

Los libros, -los textos-, sabemos los lectores, nos remontan a países, instancias, momentos, memorias, recuerdos, presentes, pasados, música, estampas, fotos, et al, y, a veces, a los imaginados futuros. El libro El artesano de Richard Sennet (Anagrama, 2013) me llevó, entre otros lugares, a Coddell Drive en Lexington, Kentucky, lugar donde mi hermano: Roberto José Muñoz Alvarado (31 de agosto de 1949- 26 de agosto de 2013) tenía su gigantesco taller de Mecánica, solamente de carros Honda. En el lugar también había un par de motocicletas para correrlas en sus cortos recesos de trabajo.

Mi hermano era mecánico de carros, creo que desde que tenía tres años cuando desarmaba y montaba los camioncitos y carritos que le regalaban; luego cuando areglaba los triciclos, y más tarde las bicicletas, así como quien se sienta a disfrutar de una vista, así de fácil le salía esta actividad.

Habla Sennet de que “La historia ha trazado falsas líneas divisorias entre práctica y teoría, técnica y expresión, artesano y artista, productor y usuario; la sociedad moderna padece esa herencia histórica.” (23) y plantea a renglón seguido: “Pero el pasado de la artesanía y los artesanos también sugiere maneras de utilizar herramientas, organizar movimientos corporales y reflexionar acerca de los materiales, que siguen siendo propuestas alternativas viables acerca de cómo conducir la vida con habilidad.”(23).

Pensando en las palabra de Sennet añado a ellas que mi hermano, -padre de dos hijos y abuelo de tres: London, Liam Thomas, y Leighton Henry-, además de ser mecánico de carros, reconocido y respetado en la comunidad Lexingtoniana (Kentucky), fue dueño de su negocio, dueño de su medio de producción, pero resulta interesante que no tenía empleado alguno: él solo atendía decenas de carros, a su tiempo, y los clientes fueron acostumbrándose a esta idea de que el trabajo de mi hermano era, por así decirlo, “diferente”, y la diferencia estribaba en que su trabajo era como dice el epígrafe de este ejercicio: “[…] el deseo de realizar bien una tarea, sin más.” Así trabajaba mi hermano y así lo vi yo, absorta frente a esa estampa, ese cuadro que veía diariamente, cuando me tomaba un receso de la escritura de mi tesis doctoral para ir a disfrutar la manera en que Roberto José desmontaba y montaba las piezas de un carro Honda Accord y otros. Pieza a pieza, colocadas en filas, a veces formando figuras geométricas, limpias, sin aceite ni partículas extrañas, algunas piezas lijadas, otras piezas de metal que se colocaban en otras filas de igual manera, configurando los dibujos que tenía en su mente y que, estoy segura, le ocasionaban el placer de conocer que estaba haciendo las cosas bien. Me maravillaba verlo, sin prisa, con la calma del anciano al caminar, con la mirada del que sabe lo que está haciendo, con el movimiento sincronizado de sus manos (largas y hermosas), con la postura, a veces posturas de Yoga cuando se sentaba en el piso para mirar bien debajo del carro, y con la elegancia con que se paraba, lentamente casi sin aguantarse de nada. Era su “compromiso”con hacer las cosas bien, lo que poco a poco fui aprendiendo, y Sennet lo escribe de manera clara cuando enuncia: “El artesano reprsenta la condición específicamente humana del compromiso.”(32)

Mi hermano tenía compromiso y fue un artesano no por su trabajo y habilidad manuales, como bien lo presenta Sennet: “No se entiende bien la artesanía, como he comentado en el prólogo, cuando se la equipara únicamente a una habilidad manual como la del carpintero…”(32) y añade como “segundo objetivo” de su estudio el “explorar qué sucede cuando se separan la mano y la cabeza, la técnica y la ciencia, el arte y el oficio. Mostraré cómo sufre entonces la cabeza, cómo se ven dañadas tanto la comprensión como la expresión. (32)

Apunta a renglón seguido que: “[…] para producir un maestro carpintero o músico hacen falta diez mil horas de experiencia”(32), lo que a veces se nos olvida, y horas que vi acumulándose “bien”, minuto a minuto, los meses largos que pasé en Lexington, Kentucky yendo diariamente al taller de mi hermano.

Sabe el lector que el artesano es celebrado en el himno homérico al dios patrón de los artesanos: Hefesto, himno que , recuerda Sennet, habla del “artesano como dador de paz y productor de civilización.”(34) Y respecto al himno, añade:

`                                              “[…] Puede parecer que el himno a Hefesto no celebra más que un cliché según el cual una civilización comienza cuando los seres humanos empiezan a usar herramientas. Pero este himno fue escrito miles de años después de la fabricación de herramientas tales como cuchillos, la rueda y el telar. Al ser más que un técnico, el artesano civilizador ha empleado estas herramientas para un bien colectivo, el de poner fin a la deambulante existencia de una humanidad formada por cazadores-recolectores o guerreros sin arraigo.”(34)

Combinar la cabeza y la mano (civilizadores) se honra en el himno (34).

Y Platón, apunta Sennet:

“Remontaba la habilidad a la raíz lingüística de poieín que significa <<hacer>>. Es la palabra de la que deriva poesía, y también en el himno los poetas aparecen como una calase de artesanos. Toda artesanía es trabajo impulsado por la calidad; Platón formuló este objetivo como la areté, el patrón de excelencia, implícito en todo acto: la aspiración a la calidad impulsará al artesano a progresar, a mejorar antes que a salir del paso con el menor esfuerzo posible. “(36-37)

Y mi hermano hizo con sus manos y su cabeza; mirar su trabajo obligaba al espectacdor/lector a percatarse de que no estaba saliendo del paso con el menor esfuerzo posible y de que a su tiempo, -muy suyo-, trabajaba el carro, la máquina que tenía frente a sí en reposo, para componer su movimiento y otros asuntos, y luego, al entregar el carro, charlar un rato, a veces luengo, con cada uno de sus clientes para indicarles cómo cuidar el trabajo hecho y cómo prevenir futuros errores en el funcionamiento de la máquina.

El artesano, el primero de una trilogía de libros, “versa sobre la artesanía, la habilidad de hacer las cosas bien: el tema del segundo es la elaboración de rituales que administran la agresión y el fervor; el tercero explora las habilidads necesarias para producir y habitar entornos sostenibles..”(20) Y: “Los tres atañen a la cuestión de la técnica, pero entendida más como asunto cultural que como procedimiento irreflexivo; cada uno se refiere a una técnica para llevar un modo de vida particular…”(20)

Las primeras treinta y seis páginas de El artesano fueron el motor que dessencadenó el recuerdo de esa estampa de un artesano/mecánico cuyo trabajo en ese momento (¿1997-1998?) no logré entender como ahora: una labor a su tiempo, sin acobardarse ante el esfuerzo, con técnica, con ahínco, y, sobre todo, con belleza asida de su mano y en su cabeza. En los resquicios de su mente estaba presente la noción de areté, no me cabe duda alguna, y lo corroboraba cada vez que veía y escuchaba las conversaciones del artesano/mecánico con su cliente.

Ya cuando llegue a las palabras de cierre de la conclusión de El artesano, en el segmento: “ÉTICA- Orgullo por el trabajo propio”, reflexionaré (lo hago desde ya un poco ) en torno a este enunciado: “La figura de Hefesto cojo, orgulloso de su trabajo aunque no de sí mismo, representa el tipo más digno de persona a que podemos aspirar.”(363).

Mi hermano no era cojo, pero sí se mostraba satisfecho con su trabajo, realizado con cabeza y mano (tengo cierto repelillo a la palabra “orgullo”).

Valga esta breve reflexión en memoria de su labor, apreciada por miles de Lexingtonianos y ahora por mí, su hermana. Estoy segura de que así lo hicieron su esposa Sarah y sus hijos Daniel José y Roberto José Muñoz Endicott.